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Él me hace bien.
Tal vez fue
esa la frase que desencadenó la tormenta.
-
¿Y yo? ¿Yo no te hago bien?
La tristeza
que transmitía su voz no se la había escuchado nunca, y menos dirigida hacia
mí. Tampoco me sorprendió: cuando quería, era muy buen actor. Pero sería
hipócrita de mi parte asegurar que el corazón no se me aceleró ni un poco. Para
no mentir, me latía desenfrenado.
La única
respuesta que pude darle, fue una verdad a medias:
-
Sí…
Porque, en
cierto punto, era cierto. Me hacía bien. Aunque no estaba segura de si él me
hacía bien, o mi propia idealización de él, todas esas cosas que me gustaría que
hiciera o dijese, pero que nunca pasaron (y dudaba que fueran a pasar). Pero
era, a la vez, mi peor enemigo. Esa persona que me destruía cada atisbo de
esperanza y, simultáneamente, volvía a construirme castillos llenos de ella.
Los sentimientos que producía en mí eran tan controversiales, tan ambiguos, tan
extremos, que lo único que sabía era que lo quería desde el fondo de mi alma. Y
que, cualquier cosa que hiciera, sería perdonada, o puesta en un pedestal.
-
¿Entonces?
Yo me
preguntaba lo mismo: ¿entonces? Yo tenía más o menos entendido lo que me
pasaba, él no tenía idea pero aún así reclamaba una especie de tenencia sobre
mí. Me quería cerca pero, contradiciéndose, me alejaba. Era una batalla interna
de la que me hacía partícipe cada vez que nos veíamos. Y sus reclamos estaban
alcanzando un límite.
-
Entonces, ¿qué? ¿Qué querés hacer?
Comprendí
que de su respuesta a esa pregunta dependería mi ilusión. Me estaba jugando el
corazón; finalmente, después de tanto miedo al rechazo, le estaba pidiendo
(indirectamente) que me dijera qué era lo que quería de mí. En otras palabras:
que se deje de joder. Que me deje las cosas claras.
-
No sé… lo único que sé es que no quiero que
estés con él.
‘No sé’…
una vez más, el miedo lo obnubilaba, se apoderaba de su capacidad de decisión.
Su orgullo se anteponía ante cualquier otro tipo de sentimiento… otra vez. No
me quiere para nadie, pero tampoco tiene el coraje de quererme para él.
-
Perdoname, pero no puedo… no puedo someter mi
vida a un capricho tuyo.
Bien sabía
yo que no era un capricho pero, ¿qué otra palabra podía encontrarle? Quería que
saliera de su propia boca lo que sentía, no de mis suposiciones. Dicen que las
mujeres tenemos un alto poder deducción… ¿y si yo me había equivocado? ¿Y si
todas mis suposiciones eran, al fin y al cabo, simples suposiciones? Necesitaba
oírlo de él. Lo único que pedía era una simple demostración de cualquier tipo
de emoción, aunque sea una de duda.
-
¿Un capricho? –preguntó, decepcionado -. A mí se
me parte el alma cuando te veo con otro.
Se me para
el corazón, para luego empezar a palpitar a una velocidad excesiva. Estoy tan
desacostumbrada a su sinceridad que no sé cómo manejarme. Estoy tan
desacostumbrada que ni siquiera sé si creerle. Estoy segura de que, si mis
amigas me escucharan, me pegarían una buena y merecida cachetada y me dirían: “¡Dale,
boluda! ¡Activá ya!”. Pero no sé activar. No me sale. Me pierdo en mi
inseguridad.
Sin
embargo, decido tomar algo de coraje, porque la situación lo amerita.
-
Sabés que vos podrías ser ese ‘otro’ y, sin
embargo, elegís no serlo.
Miro,
estupefacta, cómo su cuerpo se tensa, cómo su mirada se vuelve fría. Y sé que
no me está rechazando, entiendo que se está dando cuenta que tengo razón. Y su
orgullo, su maldito orgullo, no lo deja admitir esto que le pasa, que le
revuelve la mente, que lo saca de las casillas, que le desordena la cabeza.
Como me pasa a mí.
La gran
diferencia es que yo, por suerte (o no tanta) tuve los huevos de aceptarlo.