Sábado, 9:30 pm. Estoy yendo para tu casa, con el alma por el suelo. Sé que no vas a estar. El taxi maneja lento por la ciudad fría y yo no tengo la imperiosa necesidad de pedirle que se apure. Nadie me espera esta noche (ni ninguna de las otras noches que fui).
Llego y saludo a los reunidos. Sin ganas. De mal humor. Dejo la campera en el sillón usual, levanto la vista y ahí estás. Cambiado, dispuesto a salir. Como siempre: yo buscándote y vos inconscientemente huyendo. Me saludás, cariñoso, y te vas. Te vas y me dejás con un vacío inexplicable, pero que ya conozco. Y no te das cuenta, nunca te das cuenta.
Paso toda la noche sin saber qué hacer. Subo a tu habitación, resignada, mientras los demás comen, y me quedo dormida en tu cama. En esa cama que tantos recuerdos me trae, que ha sido testigo de mis mejores momentos y de la más pura felicidad. Y caigo dormida, y sueño que estás conmigo, que me abrazás, que te quedás.
Y me despierto sobresaltada. Alguien se sentó sobre mí, o a mi costado, o en algún lado, pero me hizo despertar. Miro la habitación y estás ahí, al lado mío. Y no es un sueño, es de verdad: volviste. Lo siento. Lo siento en los abrazos, en las caricias, en los besos, en las risas, en tu calor. Siento que estás acá, y mi tacto desmiente mi cabeza, que se empeña en convencerme que estoy soñando. Y me odio por quererte tanto, por poder perdonarte hasta lo peor. Por dejarte romperme el corazón y después arreglarlo con el peor de los pegamentos, dispuesto a desarmarlo nuevamente si es necesario. Y me odio por necesitarte, por pensar que sin vos no vivo. Me odio por todas esas veces que te pienso y te siento conmigo. Me odio por seguir negando esto irremediable que muchos llaman amor.