23 noviembre, 2014

Rompecabezas

   Ese momento en el que te empezás a dar cuenta de que no sabés qué querés realmente… si lo querés para siempre, para un rato o para algún tiempo. Si lo querés de novio, de “algo”, de lo otro, de esto, de aquello. Sólo sabés que lo querés. Y que no entendés cómo todo se volvió tan complicado.

   ¿Cómo eso que antes te hacía tan bien, ahora te ahoga? ¿Realmente te hizo bien, o te hiciste creer que te hacía bien? ¿No te llevaron las circunstancias a crearte una burbuja de falsos sentimientos, que ahora explotó y no sabés muy bien cómo hacer para limpiar el desastre? No sabés lo que te pasa, pero el accionar es inevitable… porque te apuran, te carcomen la cabeza, te hacen poner nerviosa. O porque te sentís inconscientemente obligada, porque la otra persona sí sabe todo eso que vos no tenés ni idea. La otra persona la tiene clara. Y vos estás en el medio, en esa especie de limbo; que si te movés para un lado, te mandás una cagada, y si te movés para el otro, también. ¿Qué hacer en esas circunstancias?

   Cuando creés que sabés lo que te pasa, viene la otra persona y te desacomoda los pensamientos; cambia las fichas del rompecabezas de lugar y vos ahí, de nuevo, tratando de armarlo… ¿Qué pasa cuando las piezas no encajan? Por más que la fuerces, por más que intentes con toda tu voluntad, esas dos últimas piezas no concuerdan. Y no hay caso. Cuando no son compatibles, cuando ves que están desencajadas… ahí te das cuenta de que no podés armar nada.

12 noviembre, 2014

No tuvimos huevos

-          Él me hace bien.

Tal vez fue esa la frase que desencadenó la tormenta.

-          ¿Y yo? ¿Yo no te hago bien?

La tristeza que transmitía su voz no se la había escuchado nunca, y menos dirigida hacia mí. Tampoco me sorprendió: cuando quería, era muy buen actor. Pero sería hipócrita de mi parte asegurar que el corazón no se me aceleró ni un poco. Para no mentir, me latía desenfrenado.
La única respuesta que pude darle, fue una verdad a medias:

-           Sí…

Porque, en cierto punto, era cierto. Me hacía bien. Aunque no estaba segura de si él me hacía bien, o mi propia idealización de él, todas esas cosas que me gustaría que hiciera o dijese, pero que nunca pasaron (y dudaba que fueran a pasar). Pero era, a la vez, mi peor enemigo. Esa persona que me destruía cada atisbo de esperanza y, simultáneamente, volvía a construirme castillos llenos de ella. Los sentimientos que producía en mí eran tan controversiales, tan ambiguos, tan extremos, que lo único que sabía era que lo quería desde el fondo de mi alma. Y que, cualquier cosa que hiciera, sería perdonada, o puesta en un pedestal.

-          ¿Entonces?

Yo me preguntaba lo mismo: ¿entonces? Yo tenía más o menos entendido lo que me pasaba, él no tenía idea pero aún así reclamaba una especie de tenencia sobre mí. Me quería cerca pero, contradiciéndose, me alejaba. Era una batalla interna de la que me hacía partícipe cada vez que nos veíamos. Y sus reclamos estaban alcanzando un límite.

-          Entonces, ¿qué? ¿Qué querés hacer?

Comprendí que de su respuesta a esa pregunta dependería mi ilusión. Me estaba jugando el corazón; finalmente, después de tanto miedo al rechazo, le estaba pidiendo (indirectamente) que me dijera qué era lo que quería de mí. En otras palabras: que se deje de joder. Que me deje las cosas claras.

-          No sé… lo único que sé es que no quiero que estés con él.

‘No sé’… una vez más, el miedo lo obnubilaba, se apoderaba de su capacidad de decisión. Su orgullo se anteponía ante cualquier otro tipo de sentimiento… otra vez. No me quiere para nadie, pero tampoco tiene el coraje de quererme para él.

-          Perdoname, pero no puedo… no puedo someter mi vida a un capricho tuyo.

Bien sabía yo que no era un capricho pero, ¿qué otra palabra podía encontrarle? Quería que saliera de su propia boca lo que sentía, no de mis suposiciones. Dicen que las mujeres tenemos un alto poder deducción… ¿y si yo me había equivocado? ¿Y si todas mis suposiciones eran, al fin y al cabo, simples suposiciones? Necesitaba oírlo de él. Lo único que pedía era una simple demostración de cualquier tipo de emoción, aunque sea una de duda.

-          ¿Un capricho? –preguntó, decepcionado -. A mí se me parte el alma cuando te veo con otro.

Se me para el corazón, para luego empezar a palpitar a una velocidad excesiva. Estoy tan desacostumbrada a su sinceridad que no sé cómo manejarme. Estoy tan desacostumbrada que ni siquiera sé si creerle. Estoy segura de que, si mis amigas me escucharan, me pegarían una buena y merecida cachetada y me dirían: “¡Dale, boluda! ¡Activá ya!”. Pero no sé activar. No me sale. Me pierdo en mi inseguridad.
Sin embargo, decido tomar algo de coraje, porque la situación lo amerita.

-          Sabés que vos podrías ser ese ‘otro’ y, sin embargo, elegís no serlo.

Miro, estupefacta, cómo su cuerpo se tensa, cómo su mirada se vuelve fría. Y sé que no me está rechazando, entiendo que se está dando cuenta que tengo razón. Y su orgullo, su maldito orgullo, no lo deja admitir esto que le pasa, que le revuelve la mente, que lo saca de las casillas, que le desordena la cabeza. Como me pasa a mí.



La gran diferencia es que yo, por suerte (o no tanta) tuve los huevos de aceptarlo.