11 junio, 2015

Hogar

Bajo en Retiro con la mitad de las uñas con las que me subí en la terminal de Mar del Plata. Viajé al lado de un hombre gordo y sudoroso que no paraba de roncar. El libro que tenía planeado terminar en el trayecto sigue con el marcador en la misma página; el paquete de galletitas, intacto. Y estoy fastidiosa, muy fastidiosa porque, además de las pésimas condiciones del tren, hace demasiado calor como para ser agosto. Y, además, se acercan mis 20. Y cambiar de década me deprime más que ver un perro morir.

Camino lento, demasiado lento, porque sé que Lucas va a llegar tarde. Sonrío un poco ante el pensamiento de que sí, que efectivamente lo conozco cada vez más, aunque estemos muy lejos.

Todavía me acuerdo de esa cartita que me escribió en primaria, de nuestra primera discusión formal (que casi nos agarramos a las piñas), de nuestros planes inconclusos para futuros viajes… y, sobre todo, de los constantes “qué hubiera pasado si…” que se volvían cada vez más frecuentes. Al principio, los encontraba incómodos, desubicados. Pero, con el tiempo le fui tomando el gustito a esa situación de duda, de empezar a idear hipótesis sin sentido, que nuestro inconsciente quería concretar. Pero nuestra parte racional, nuestro entorno y nuestro contexto nos seguían sugiriendo que dejáramos las cosas como estaban, que no nos arriesguemos. Que sigamos siendo los cobardes que siempre fuimos.

A eso de las 19:30 llega Lucas, todo preocupado y agitado, y me busca con desesperación entre la gente. Lo dejo buscándome un ratito, porque me llena de ternura ver con el ímpetu con el que sus ojos intentan encontrar a los míos. 

Hasta que, finalmente, nuestras miradas convergen, y me doy cuenta que sonrío porque él me sonríe en respuesta; y viene hacia mí, medio caminando, medio corriendo, y me abraza con esas fuerzas que me hacen olvidar del gordo sudoroso, del libro estancado y del paquete de galletitas sin abrir.