31 marzo, 2014

Migajas de felicidad.

Corría el verano del 2009. Tenía 13 años y un enamoramiento inmenso. No importa lo que me digan, lo que piensen, lo que hablen los de afuera: era amor. Del más puro y enloquecido. Estaba encerrada en esa burbuja que yo misma me había creado para él y para mí. Y con "él", no me refiero a un compañero de la escuela, a un amigo de una amiga, a un primo, a un familiar lejano. Me refiero a un animador de recreación de la playa, cuya edad rozaba los 21 y sus ojos dibujaban un mar de infinitas posibilidades para nuestro amor de imaginación. 
El 14 de febrero, el maldito Día de los Enamorados, fui a la playa con una expectativa inmensa: lo iba a ver. Él, inconscientemente, teñía todos mis días grises de los colores más placenteros. Que mis ojos se encontraran con los suyos, eso bastaba para alegrarme las mañanas. No sé cómo explicarlo o cómo definirlo: el sólo pensarlo me hacía volar. Llegué y me encontré que él, junto a sus compañeros de trabajo, estaban organizando unos juegos en la pileta por el "día festivo". Mis amigas y yo, fieles a cualquier proyecto que se les ocurriera emprender, los seguimos, aunque era un día en el que hacía bastante frío. 
El juego consistía en dos equipos que se enfrentaban: uno lo lideraba mi amor, y el otro, algún profesor sin ninguna importancia. La consigna era buscar tres parejas que bailen una canción lenta sobre un flotador en el agua. Mis amigas y yo, por supuesto, nos pusimos en el equipo del profesor que nos enamoraba a todas (a mí). 
Preparados, listos, ya. El tiempo comenzó a correr y, mientras el equipo contrario ya había encontrado las tres parejas necesarias, el nuestro sólo había conseguido dos. El "conductor" de aquél juego, al ver la desesperación de nuestros jugadores, comentó por el micrófono: "Elegí a alguien que baile con vos". El líder de mi equipo, la persona de la cual estaba perdidamente enamorada, comenzó a buscar con sus ojos algunos otros que le quieran hacer compañía sobre el flotador. Y, sorpresivamente, dieron con los míos. Me señaló mientras sonreía y yo volaba, volaba alto. Comencé a negar frenéticamente, mientras todos me incentivaban empujándome para que me una a él. Cuando quiso ayudarme a subir al infinitamente alto flotador, el tiempo se había agotado, y nosotros éramos los perdedores. O no tanto. 
Mientras los otros festejaban y los profesores salían del agua, yo me quedé hablando con una amiga, muerta de la vergüenza. ¡Trece años! Por favor. Mientras me lamentaba de mi eterna actitud vergonzosa, alguien me golpeó la cabeza desde atrás. Me giré y me encontré nuevamente con él. Mi corazón se aceleró a la velocidad del fuego (ahora mismo está acelerado: un error incorregible). Me tomó de la mano y me hizo colgar de él. "Perdón por lo de recién, tenía vergüenza". Me miró con sus ojos eternos, y murmuró: "No importa. Bailá ahora un lento conmigo". Y bailamos. Abrazados, en el agua, al ritmo de "Singing in the rain".
En ese momento fui feliz: no me hacía falta nada.

Efectos secundarios de amar.

Hoy pensé que lo volvía a ver. Me crucé con una persona tan parecida, que el tiempo se volvió más lento y los latidos más rápidos.Venía caminando con una mochila que sobrepasaba su estatura, una gorra y la característica barba. Pero, cuando me pasó por al lado, me di cuenta que sus ojos no eran tan perfectamente azules, ni su boca dibujaba una agradable e inconsciente mueca, ni sus pestañas te atrapaban sin siquiera intentarlo. No era él. Estaba segura. Y todo eso que había sentido en un segundo, toda esa adrenalina, esa falta de aire y esa ilusión, desaparecieron tan rápido como llegaron. Me quedé tildada, no sabía qué hacer. Había estado tan segura que era él, que mi cuerpo ya se anticipaba y estaba sintiendo su apretujado abrazo. Y ahora, esa sensación de vacío, de desconcierto. ¿Qué hago? ¿Por qué no era él? ¿Cuándo lo voy a volver a ver? Lo necesito. O creo que lo necesito, o quiero creer que lo necesito, pero tengo que verlo. Tengo que encontrarlo. ¿Cuándo va a ser ese día? Cambiaría todo el tiempo del mundo, por un segundo con él.
Subí tan rápido a la cima, que la caída fue catastrófica.

Sueño.

Sábado, 9:30 pm. Estoy yendo para tu casa, con el alma por el suelo. Sé que no vas a estar. El taxi maneja lento por la ciudad fría y yo no tengo la imperiosa necesidad de pedirle que se apure. Nadie me espera esta noche (ni ninguna de las otras noches que fui).

Llego y saludo a los reunidos. Sin ganas. De mal humor. Dejo la campera en el sillón usual, levanto la vista y ahí estás. Cambiado, dispuesto a salir. Como siempre: yo buscándote y vos inconscientemente huyendo. Me saludás, cariñoso, y te vas. Te vas y me dejás con un vacío inexplicable, pero que ya conozco. Y no te das cuenta, nunca te das cuenta.

Paso toda la noche sin saber qué hacer. Subo a tu habitación, resignada, mientras los demás comen, y me quedo dormida en tu cama. En esa cama que tantos recuerdos me trae, que ha sido testigo de mis mejores momentos y de la más pura felicidad. Y caigo dormida, y sueño que estás conmigo, que me abrazás, que te quedás.

Y me despierto sobresaltada. Alguien se sentó sobre mí, o a mi costado, o en algún lado, pero me hizo despertar. Miro la habitación y estás ahí, al lado mío. Y no es un sueño, es de verdad: volviste. Lo siento. Lo siento en los abrazos, en las caricias, en los besos, en las risas, en tu calor. Siento que estás acá, y mi tacto desmiente mi cabeza, que se empeña en convencerme que estoy soñando. Y me odio por quererte tanto, por poder perdonarte hasta lo peor. Por dejarte romperme el corazón y después arreglarlo con el peor de los pegamentos, dispuesto a desarmarlo nuevamente si es necesario. Y me odio por necesitarte, por pensar que sin vos no vivo. Me odio por todas esas veces que te pienso y te siento conmigo. Me odio por seguir negando esto irremediable que muchos llaman amor.