Corría el verano del 2009. Tenía 13 años y un enamoramiento inmenso. No importa lo que me digan, lo que piensen, lo que hablen los de afuera: era amor. Del más puro y enloquecido. Estaba encerrada en esa burbuja que yo misma me había creado para él y para mí. Y con "él", no me refiero a un compañero de la escuela, a un amigo de una amiga, a un primo, a un familiar lejano. Me refiero a un animador de recreación de la playa, cuya edad rozaba los 21 y sus ojos dibujaban un mar de infinitas posibilidades para nuestro amor de imaginación.
El 14 de febrero, el maldito Día de los Enamorados, fui a la playa con una expectativa inmensa: lo iba a ver. Él, inconscientemente, teñía todos mis días grises de los colores más placenteros. Que mis ojos se encontraran con los suyos, eso bastaba para alegrarme las mañanas. No sé cómo explicarlo o cómo definirlo: el sólo pensarlo me hacía volar. Llegué y me encontré que él, junto a sus compañeros de trabajo, estaban organizando unos juegos en la pileta por el "día festivo". Mis amigas y yo, fieles a cualquier proyecto que se les ocurriera emprender, los seguimos, aunque era un día en el que hacía bastante frío.
El juego consistía en dos equipos que se enfrentaban: uno lo lideraba mi amor, y el otro, algún profesor sin ninguna importancia. La consigna era buscar tres parejas que bailen una canción lenta sobre un flotador en el agua. Mis amigas y yo, por supuesto, nos pusimos en el equipo del profesor que nos enamoraba a todas (a mí).
Preparados, listos, ya. El tiempo comenzó a correr y, mientras el equipo contrario ya había encontrado las tres parejas necesarias, el nuestro sólo había conseguido dos. El "conductor" de aquél juego, al ver la desesperación de nuestros jugadores, comentó por el micrófono: "Elegí a alguien que baile con vos". El líder de mi equipo, la persona de la cual estaba perdidamente enamorada, comenzó a buscar con sus ojos algunos otros que le quieran hacer compañía sobre el flotador. Y, sorpresivamente, dieron con los míos. Me señaló mientras sonreía y yo volaba, volaba alto. Comencé a negar frenéticamente, mientras todos me incentivaban empujándome para que me una a él. Cuando quiso ayudarme a subir al infinitamente alto flotador, el tiempo se había agotado, y nosotros éramos los perdedores. O no tanto.
Mientras los otros festejaban y los profesores salían del agua, yo me quedé hablando con una amiga, muerta de la vergüenza. ¡Trece años! Por favor. Mientras me lamentaba de mi eterna actitud vergonzosa, alguien me golpeó la cabeza desde atrás. Me giré y me encontré nuevamente con él. Mi corazón se aceleró a la velocidad del fuego (ahora mismo está acelerado: un error incorregible). Me tomó de la mano y me hizo colgar de él. "Perdón por lo de recién, tenía vergüenza". Me miró con sus ojos eternos, y murmuró: "No importa. Bailá ahora un lento conmigo". Y bailamos. Abrazados, en el agua, al ritmo de "Singing in the rain".
En ese momento fui feliz: no me hacía falta nada.
En ese momento fui feliz: no me hacía falta nada.