17 diciembre, 2013


"Soy un hijo de la alienación que surten los artefactos electrónicos, la tecnología; la internet, sus contenidos y el acceso tanto a facilidades como a las personas. El feedback que propician las redes sociales fue clave, probablemente excluyente, para que esta banda se convierta en un movimiento expansivo. 
Soy un hijo de una culpa enfermiza. De una generación compungida, desgraciada, de los efectos del neoliberalismo en la sociedad. De la culpa como sensación casi universal.
Disfruto menos que un bostezo de las regalías emocionales que se erigen desde mis medios, nuestros medios, los de SLB. Los golpes de la vida me han convertido en un autoflagelo de carne y hueso. No me atrevo a sonreir que ya tengo una voz en off repitiéndome que nada de lo que he recibido es merecido.
Y para vigorizar este mejunje de compasibles miserias, la enajenación, la rabia desmedida, el odio ininteligible de los que no entienden, no sienten, o no quieren entender ni sentir lo que hago, me cabe mejor, evidentemente, que el millar de adulaciones veraces de los que creen a muerte en mis palabras, en mis voluntades, y en mi sacrificio.
Todas las mañanas me levanto atendiendo boludos en pena de auxilio. Un poco por idiota. De no despertar a los besos, y buscar inconscientemente la empresa ensañada del detractor. Un poco por irascible. Pienso cada mediodía en abandonar el barco. Digo “Esto no es para mí. No es ésta una sociedad apacible. No es éste un mundo indulgente como el que sueño” (Como si alguno de los pantallazos oníricos diarios fuera un poco gentil! JA!).
Pero casi me quedo en el camino hace unos años. Casi me pierdo de dormir, de despertar, de odiar, de amar, de llorar, de querer, de intentar, de errar, de compartir, de recibir, de dar, de ser. De existir. Y la verdad, es que la peor pesadilla resuelta, me dice otra cosa. 
Voy a ser un pobre servidor, Un Hansel diabético. Un amante del dolor. Lagrimeando para adentro, y para afuera. Pero por toda la mierda vivida, que no le deseo a nadie más, voy a seguir cantando. Hasta que el mundo cambie, o al menos alguien en el mundo cambie, o al menos un instante que haga ver al mundo un poco menos triste un solo segundo. Pero no va a importar, nunca más, si algunos no entienden, no sienten o no pueden ni quieren sentir ni entender, que el ser humano no tiene la culpa de que el mundo sea tan feo. Voy a seguir cantando. Después de todo, es el único momento de entera libertad.”

- Santiago Aysine.