21 julio, 2015

La vuelta.

El día no me deja fingir que nada que ver. Me está avisando despacito, casi imperceptiblemente, que vas a volver. Generalmente me enamoran los días grises, pero hoy pareciera que el cielo está somatizando. Y que cuando llegues todo va a ser bonito. No se cansan de avisármelo: la llovizna, el feriado, River, el mate lavado y frío. Quiero mirar para cualquier otro lado pero ni siquiera eso: en todas partes estás vos. Estás como flotando, como a la espera de que baje la guardia y ahí aparecés de repente.

Ya sé que llegás mañana. Eso también me lo avisaron todos. Me hago la que no me importa pero por dentro me muero y vuelvo a vivir otra vez. Todo este tiempo sin vos se sintió como en cámara lenta, o como si yo estuviera en stop y el mundo se siguiera moviendo. Al mundo siempre le chupé un huevo yo, pero esta vez fue distinto, esta vez el mundo me ignoraba descaradamente. Me hacía abandono de persona y yo me dejaba abandonar. Seguía andando y haciendo pero no entendía bien por o para qué. Y ahora que volvés, o que estás volviendo, se aceleró el mundo de nuevo. Y no sé cómo ponerle un freno, no quiero hacer marcha atrás o mirar por el espejo retrovisor. Quiero prender el limpiaparabrisas y vivir así, alejando lo que me obstruye corazón. Y vos hace mucho que bajaste la ventanilla y me tiraste a la calle.

Capaz por eso este día te trae a vos: porque me muero de frío en la calle, y estoy esperando que alguien me pase a buscar.

11 junio, 2015

Hogar

Bajo en Retiro con la mitad de las uñas con las que me subí en la terminal de Mar del Plata. Viajé al lado de un hombre gordo y sudoroso que no paraba de roncar. El libro que tenía planeado terminar en el trayecto sigue con el marcador en la misma página; el paquete de galletitas, intacto. Y estoy fastidiosa, muy fastidiosa porque, además de las pésimas condiciones del tren, hace demasiado calor como para ser agosto. Y, además, se acercan mis 20. Y cambiar de década me deprime más que ver un perro morir.

Camino lento, demasiado lento, porque sé que Lucas va a llegar tarde. Sonrío un poco ante el pensamiento de que sí, que efectivamente lo conozco cada vez más, aunque estemos muy lejos.

Todavía me acuerdo de esa cartita que me escribió en primaria, de nuestra primera discusión formal (que casi nos agarramos a las piñas), de nuestros planes inconclusos para futuros viajes… y, sobre todo, de los constantes “qué hubiera pasado si…” que se volvían cada vez más frecuentes. Al principio, los encontraba incómodos, desubicados. Pero, con el tiempo le fui tomando el gustito a esa situación de duda, de empezar a idear hipótesis sin sentido, que nuestro inconsciente quería concretar. Pero nuestra parte racional, nuestro entorno y nuestro contexto nos seguían sugiriendo que dejáramos las cosas como estaban, que no nos arriesguemos. Que sigamos siendo los cobardes que siempre fuimos.

A eso de las 19:30 llega Lucas, todo preocupado y agitado, y me busca con desesperación entre la gente. Lo dejo buscándome un ratito, porque me llena de ternura ver con el ímpetu con el que sus ojos intentan encontrar a los míos. 

Hasta que, finalmente, nuestras miradas convergen, y me doy cuenta que sonrío porque él me sonríe en respuesta; y viene hacia mí, medio caminando, medio corriendo, y me abraza con esas fuerzas que me hacen olvidar del gordo sudoroso, del libro estancado y del paquete de galletitas sin abrir.