Ese momento en el que te empezás a dar cuenta de que
no sabés qué querés realmente… si lo querés para siempre, para un rato o para
algún tiempo. Si lo querés de novio, de “algo”, de lo otro, de esto, de
aquello. Sólo sabés que lo querés. Y que no entendés cómo todo se volvió tan
complicado.
¿Cómo eso que antes te hacía tan bien, ahora te ahoga? ¿Realmente te hizo bien, o te hiciste creer que te hacía bien? ¿No te llevaron
las circunstancias a crearte una burbuja de falsos sentimientos, que ahora explotó
y no sabés muy bien cómo hacer para limpiar el desastre? No sabés lo que te
pasa, pero el accionar es inevitable… porque te apuran, te carcomen la cabeza,
te hacen poner nerviosa. O porque te sentís inconscientemente obligada, porque
la otra persona sí sabe todo eso que vos no tenés ni idea. La otra persona la
tiene clara. Y vos estás en el medio, en esa especie de limbo; que si te movés
para un lado, te mandás una cagada, y si te movés para el otro, también. ¿Qué
hacer en esas circunstancias?
Cuando creés que sabés lo que te pasa, viene la otra
persona y te desacomoda los pensamientos; cambia las fichas del rompecabezas de
lugar y vos ahí, de nuevo, tratando de armarlo… ¿Qué pasa cuando las piezas no
encajan? Por más que la fuerces, por más que intentes con toda tu voluntad, esas dos últimas piezas no concuerdan. Y no hay caso. Cuando no
son compatibles, cuando ves que están desencajadas… ahí te das cuenta de que no podés
armar nada.