23 noviembre, 2014

Rompecabezas

   Ese momento en el que te empezás a dar cuenta de que no sabés qué querés realmente… si lo querés para siempre, para un rato o para algún tiempo. Si lo querés de novio, de “algo”, de lo otro, de esto, de aquello. Sólo sabés que lo querés. Y que no entendés cómo todo se volvió tan complicado.

   ¿Cómo eso que antes te hacía tan bien, ahora te ahoga? ¿Realmente te hizo bien, o te hiciste creer que te hacía bien? ¿No te llevaron las circunstancias a crearte una burbuja de falsos sentimientos, que ahora explotó y no sabés muy bien cómo hacer para limpiar el desastre? No sabés lo que te pasa, pero el accionar es inevitable… porque te apuran, te carcomen la cabeza, te hacen poner nerviosa. O porque te sentís inconscientemente obligada, porque la otra persona sí sabe todo eso que vos no tenés ni idea. La otra persona la tiene clara. Y vos estás en el medio, en esa especie de limbo; que si te movés para un lado, te mandás una cagada, y si te movés para el otro, también. ¿Qué hacer en esas circunstancias?

   Cuando creés que sabés lo que te pasa, viene la otra persona y te desacomoda los pensamientos; cambia las fichas del rompecabezas de lugar y vos ahí, de nuevo, tratando de armarlo… ¿Qué pasa cuando las piezas no encajan? Por más que la fuerces, por más que intentes con toda tu voluntad, esas dos últimas piezas no concuerdan. Y no hay caso. Cuando no son compatibles, cuando ves que están desencajadas… ahí te das cuenta de que no podés armar nada.